El puñal de la traición

 El puñal de la traición


  • Amor, ¿estás para hacer algo hoy?

  • No se, gorda. No me siento muy bien como para salir de casa. El viaje me mató y estoy re cansado.

  • Bueno, está bien, gordo. No pasa nada. Recuperate tranquilo. Te amo.

  • Yo también. 


Era viernes por la noche. Pablo justo había vuelto el día anterior de un viaje con amigos a la costa, en el que estuvo toda la segunda quincena de enero. Me moría de ganas por verlo. Encima el calor agobiante que hacía en mi departamento volvía más inaguantable mi ansiedad. En mi cabeza solo rondaba una idea a esas alturas de la noche: me había puesto “Yo también”. ¿Qué significa eso? ¿Por qué no dijo que me ama? 


No aguanté más. Tome la decisión de ir a verlo. Porque por más confundida que yo pudiese estar, mi amor era incondicional por ese chico. Íbamos ya casi un año de novios, el cual probablemente haya sido el mejor año de mi vida. Necesitaba ver si él estaba bien, si había algo en lo que podía ayudarlo. Quizá comprarle comida y llevársela a la casa o ir a conseguir unos medicamentos para que se sienta mejor o simplemente hacerle compañía.


Me vestí y salí corriendo. Baje de mi edificio de ladrillos rojos en la esquina de Cramer y Rivera y cruce la calle para esperar el 151 que me dejaba a tres cuadras de lo de Pablo. Pasaron 3, 5, 10, 20, casi 40 minutos y el colectivo no llegaba. Habré mirado 30 veces la hora en mi celular y el tiempo parecía no ir más allá de las 10:40. 


Para colmo en esa misma esquina había un bar llamado Malasangre que si algo tenía era parejas sentadas que tomaban tragos, charlaban de la vida y se reían. Nunca le había prestado mucha atención a ese lugar. Recién en ese momento pude detener a apreciar aquella estructura amarillenta decorada con posters rojos, rodeada de mesas en el exterior que estaban cubiertas de unas lonas rojas. Era un lindo lugar para salir en grupo. Pero la música tecno al palo y la gran cantidad de gente que hay los viernes y sábados me recuerdan rápidamente porque no me gustan esa clase de salidas.


Finalmente llegó el 151. Eran las 10:47 y mi última conversación con Pablo había sido a las 9:30. El viaje era corto, pero la espera se volvió interminable. Siempre que pienso en él recuerdo una imagen que se torna imborrable en mi cabeza. Hace un mes y medio, paseando por Montserrat, me tocó presenciar el egreso de los alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires. Los chicos al salir fueron recibidos por todas sus familias que les arrojaron espuma y serpentina y los recibieron con una murga. En medio de todo el caos, vi a una familia. Un padre, una madre, un hijo mayor y una hija menor que se estaban sacando una foto para la eternidad. Ese instante de felicidad compartido con tus seres más queridos es inolvidable. Uno no puede pedir nada más en esta vida.


Me bajé en Niceto Vega y Serrano. Caminé unas cuadras hasta su casa y toqué el timbre. No respondió nadie. Decidí llamarlo por teléfono. Tampoco me contestó. Él nunca me había dejado así plantada y el ambiguo mensaje que me había enviado unas horas atrás estaba fijo en mi cabeza. Empecé a hiperventilar. Esto ya no era por él, era por mi. No me iba a ir hasta descubrir qué estaba sucediendo. De pronto, se me vino uno de esos pensamientos que uno trata de evitar, pero que con cada minuto que pasa se vuelven más y más posibles. ¿Y si estaba en Plaza Serrano tomando algo en un bar? Tenía que asegurarme de que no era ese el caso. 


Cuando llegué se me vino el mundo abajo. Estaba Pablo tomando unas birras con Martina, mi mejor amiga. Solos estaban. Se reían con cierta complicidad, mientras primaba el roce entre ellos. Yo estaba paralizada como si me hubieran clavado un puñal por la espalda. Realmente no había un peor escenario para una persona que el mío en aquel momento. La incredulidad se tornó en rabia. 


Luego desperté en una sala oscura que apenas estaba iluminada por una bombilla de luz tenue en el techo. Tenía delante de mí una mesa y una silla al otro lado. Yo estaba sentada también, pero con las manos maniatadas. No entendía qué había sucedido. Lo último que recordaba era ver a mi pareja con mi mejor amiga y algo sobre una botella de vino en el suelo. Cuando empezaba a descifrar de qué se trataba todo esto, entró un oficial por la puerta diciendo “Buen día, Luciana”.


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