El afuera o el adentro
El afuera o el adentro
El calendario marcaba que había llegado el 31 de diciembre de 2017, el último día del año. La esperanza, la preparación, la comida, la alegría, los fuegos artificiales y principalmente la unión familiar, hacían de esta fecha una más que especial. El festejo de Navidad había sido espectacular y las expectativas por el de Año Nuevo estaban altas.
A diferencia de la mayoría de los años, esta vez íbamos a festejarlo con mi familia materna. El lado de mi papá iba a pasar la noche cada uno por su lado, por lo que mis padres se inclinaron por aceptar la invitación de mi abuela, la Baba. Viuda hacía más de 10 años, se había mudado a un pequeño departamento en Belgrano R que le calzaba a la perfección. Con el cambio de aires, le llegó una segunda juventud que la llevó a organizar la cena de Año Nuevo, algo que no solía hacer. El sum de su edificio era el escenario elegido para albergar a 14 invitados: la tía Flor, el tío Lu, las primas Sofía y Emilia, los padres del tío (Lea y Ricardo), los hermanos del tío (Diego y Gustavo) con sus respectivas parejas (Carla y Luciana), mi padre, Patricio, mi madre, Paola, mi hermana, Abril, y yo.
La noche cayó y con ella también pareció hacerlo la atmósfera misma sobre la tierra. El calor era agobiante. Era sin lugar a dudas el ambiente más pesado en el cual me tocó estar. La remera que llevaba puesta era una extensión de mi propio cuerpo más que una muda de ropa. Está completamente pegada a mí producto de la catarata de transpiración que era yo. Apenas la Baba abrió la puerta de entrada a su edificio para recibirnos, salí corriendo en dirección al sum para posicionarme debajo del aire acondicionado. Una vez hecho esto, me dispuse a saludar a mis primas, a mi tía y a la familia de mi tío.
Pobres mi papá y mi tío. Eran los sacrificados que debían quedarse afuera para que el resto pudiéramos comer. Pero valía la pena el sufrimiento. Estaban preparando un asado que me generaba agua en la boca de solo olerlo. El menú era completo. La entrada estaría compuesta por cuatro provoletas y unos 20 choripanes. Luego saldrían unas papas cubiertas con aluminio que se cocinaban a las brasas y unas cuantas porciones de mollejas. Por último, llegarían los pesos pesados: vacío, matambre y bondiola. Era tal la tentación que nos causaba a los niños, que nos íbamos turnando para salir a charlar con ellos, aunque en realidad sólo queríamos probar suerte a ver si nos adelantaban algún pedazo de carne. La espera fue interminable hasta que comimos. Mi papá me decía que era por la humedad. Yo creía que era porque la vida me odiaba.
El sum era blanco, tan blanco que parecía el cielo. Estaba perfectamente iluminado y contaba con una televisión y su majestad, el aire acondicionado. En el centro estaba situada una mesa larga con asientos, cubiertos, platos y vasos para todos que estaban ya sentados esperando la comida. Allí se podía respirar, aunque por momentos hiciera algo de frío. Mientras que afuera era todo lo contrario. La oscuridad de la noche primaba entre las tenues luces de la pileta del edificio. Salvo los dos asadores, no había nadie más allí. Era terreno muerto. Los mosquitos suelen salir en manada por esas fechas, pero aquella vez no había ni uno solo revoloteando por los aires. Nada ni nadie quería estar en el infierno.
Sin embargo, poco a poco el calor empezó a filtrarse hacia adentro. Un comentario desafortunado de Lea encendió a la mesa, que hasta ese momento se había mostrado más que complaciente. Al calificar de “chorros” a los kirchneristas, mi madre y mi tía salieron con los botines de punta y se armó el debate. Gustavo y Diego trataban de poner paños fríos a la situación, cual diplomáticos en una mediación de guerra. Carla y Luciana evitaban emitir cualquier tipo de opinión que las comprometiera en sus primeras reuniones familiares. Ricardo apoyaba fervientemente lo que decía su esposa y la Baba también lo hacía, pero de una manera más medida por ser la anfitriona. Otra vez la política se había colado en una celebración en familia.
Entre los chicos no sabíamos bien qué hacer. La comida estaba atrasada y adentro no podíamos ni ver la TV, ni jugar a algo por el poco espacio que había, ni charlar entre nosotros por la calurosa discusión de los adultos. Solo quedaba una opción: salir al infierno. La mejor manera de combatir al fuego era con más fuego. Por lo que decidimos jugar a la mancha entre los cuatro. Yo, como buen primo mayor, me postule para arrancar siendo la mancha. Fue la única vez que me tocó serlo. Sofía y Emilia, como si fueran hermanas, se pasaron toda la partida buscándose mutuamente para molestar a la otra. Abril nunca había jugado y le tuvimos que explicar las reglas, aunque no las entendió muy bien. Luego de 30 minutos nos cansamos de jugar. Parecía como si nos hubiésemos tirado de cabeza a la pileta por lo mojados que estábamos. Pero llegó la salvación.
Siendo cerca de las 11 de la noche, la comida empezó a salir de la parrilla. No hubo discusión que se resistiera al infernal hambre generalizado que sentíamos todos. Era todo silencio en ese momento. Nadie quería hablar, solo comer. Las aguas se apaciguaron y temas de conversación más amenos comenzaron a florecer. Preguntas sobre el colegio, viajes, eventos deportivos y anécdotas graciosas distendieron un ambiente que ya no parecía estar pesado. No se si habrá sido el calor que alteró mis sentidos o mi deseo por ingerir algo de comida, pero aquel fue el mejor asado que comí en mi vida.
Luego de la famosa cuenta regresiva, brindamos a las 00 hs, los más grandes con sus respectivas copas de sidra, mis primas y yo con nuestros vasos de Coca Cola y mi hermana fue la única que lo hizo con agua. El estruendo de los fuegos artificiales nos obligó a salir y vaya si valió la pena. Las luces en el cielo nos hipnotizaron no solo a los más chicos, sino que por primera vez en la noche los adultos también salieron para presenciar aquel espectáculo. Todo terminó en jolgorio y en risas. Fue un Año Nuevo distinto y memorable por múltiples motivos.
Comentarios
Publicar un comentario