Nueva tesis sobre el cuento, de Roberto Piglia
Nueva tesis sobre el cuento
1) Por un lado, los finales de los cuentos siguen el modelo presentado por Borges: son ambiguos, pero a la vez presentan un eficaz efecto de clausura y de inevitable sorpresa. Por otro lado, los comienzos son siempre difíciles e inciertos, llegando a producir en Borges el sentimiento de que varios de sus cuentos eran los primeros que escribía. Este es el juego entre la vacilación del comienzo y la certeza del fin.
2) El final de un cuento implica, antes que un corte, un cambio de velocidad. Existen tiempos variables, momentos lentísimos, aceleraciones. En esos movimientos de la temporalidad se juega la terminación de una historia. Una continuidad debe ser alterada: algo traba la repetición.
3) El final pone en primer plano los problemas de la expectativa y nos enfrenta con la presencia del que espera el relato. No es alguien externo a la historia, es una figura que forma parte de la trama. Hay un resto de la tradición oral en ese juego con un interlocutor implícito. La situación de enunciación persiste cifrada y es el final el que revela su existencia. En la silueta inestable de un oyente, perdido y fuera de lugar en la fijeza de la escritura, se encierra el misterio de la forma. No es el narrador oral el que persiste en el cuento, sino la sombra de aquel que lo escucha.
4) El arte de narrar para Borges gira sobre el doble vínculo de oír un relato que se pueda escribir y escribir un relato que se pueda contar en voz alta. A su vez, considera que la novela no es narrativa, porque está demasiado alejada de las formas orales, al haber perdido los rastros de un interlocutor presente que hace posible el sobreentendido y la elipsis, y por lo tanto la rapidez y la concisión de los relatos breves y de los cuentos orales.
5) La presencia del que escucha el relato es una suerte de extraño arcaísmo, pero el cuento como forma ha sobrevivido porque tuvo en cuenta esa figura que viene del pasado. Su lugar cambia en cada relato pero no cambia su función: está ahí para asegurar que la historia parezca al principio levemente incomprensible y como hecha de sobreentendidos y de gestos invisibles y oscuros.
6) El relato se dirige a un interlocutor perplejo que va siendo perversamente engañado y que termina perdido en una red de hechos inciertos y de palabras ciegas. Su confusión decide la lógica íntima de la ficción. Lo que comprende, en la revelación final, es que la historia que ha intentado descifrar es falsa y que hay otra trama, silenciosa y secreta, que le estaba destinada. El arte de narrar se funda en la lectura equivocada de los signos, es decir en la percepción errada y la distorsión. El relato avanza siguiendo un plan férreo e incomprensible y recién al final surge en el horizonte la visión de una realidad desconocida: el final hace ver un sentido secreto que estaba cifrado y como ausente en la sucesión clara de los hechos. La experiencia de errar y desviarse en un relato se basa en la secreta aspiración de una historia que no tenga fin; la utopía de un orden fuera del tiempo donde los hechos se suceden, previsibles, interminables y siempre renovados.
7) Proyectarse más allá del fin, para percibir el sentido, es algo imposible de lograr, salvo bajo la forma del arte. Para evitar enfrentarnos con este lenguaje imposible de la literatura, en la vida se practican los finales establecidos. La literatura en cambio trabaja la ilusión de un final sorprendente, que parece llegar cuando nadie lo espera para cortar el circuito infinito de la narración, pero que sin embargo ya existe, invisible, en el corazón de la historia que se cuenta. Lo que quiere decir un relato sólo lo entrevemos al final.
8) Una historia se puede contar de manera distinta, pero siempre hay un doble movimiento, algo incomprensible que sucede y está oculto. El sentido de un relato tiene la estructura del secreto, está escondido, separado del conjunto de la historia, reservado para el final y en otra parte. No es un enigma, es una figura que se oculta. Hay algo en el final que estaba en el origen y el arte de narrar consiste en postergarlo, mantenerlo en secreto y hacerlo ver cuando nadie lo espera.
9) La irrupción del sujeto que ha construido la intriga define uno de los grandes sistemas de cierre en la ficción de Borges. La íntima voz que ha marcado el tono y el registro verbal de la historia se identifica y se hace ver y define desde afuera el relato y lo cierra. Su entrada es la condición del final, ya que es el que ha urdido la intriga y está del otro lado de la frontera, más allá del círculo cerrado de la historia. Su aparición, siempre artificial y compleja, invierte el significado de la intriga y produce un efecto de paradoja y de complot. Este es el punto en el que se junta el doble recorrido de una trama común y se revela la enunciación.
10) La verdad de una historia depende siempre de un argumento simétrico que se cuenta en secreto. Concluir un relato es descubrir el punto de cruce que permite entrar en la otra trama. El arte de narrar es un arte de la duplicación, de presentir lo inesperado, de saber esperar lo que viene, nítido, invisible. En la experiencia siempre renovada de esa revelación que es la forma, la literatura tiene, como siempre, mucho que enseñarnos sobre la vida.
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