Microcuentos
I
Estaba parado en medio de una montaña cubierta de nieve y se aproximaba una avalancha. Lo primero que hizo fue correr, luego a gritar. “¡Ayuda!”, exclamó creyendo que alguien más podría modificar su futuro inmediato que parecía estar sellado. Lo paradójico era que justo él buscara un agente externo que le salve la vida.
Pero necesitaba llegar a toda costa a la casa. Entonces le nació una fuerza extraordinaria propia de la voluntad de tener un propósito tan grande que rompía las murallas del yo. No corría, volaba, aunque se le hacía difícil con el kit médico entre los brazos.
Finalmente, lo logró. Había superado sano y salvo la zona destinada a ser arrasada por la naturaleza. La noche ya había caído. Capaz ya era demasiado tarde. Había una chance real de que todo el esfuerzo hubiese sido en vano por no llegar a tiempo. Cuando por fin entró a la casa, vio que Romina estaba a punto de dar a luz, mientras todo el resto de la familia aguardaba por la llegada de Guillermo.
II
Cuando volvió a la casa, su esposa estaba dando a luz, mientras todos miraban sin saber qué hacer. Esta era una más de las tantas preocupaciones que tenían los González en ese momento. En medio del desconcierto, la sobrina Teresa, quien estaba en su tercer año de la carrera de medicina, se hizo cargo de la situación con lo que pudo. Fue un milagro. Aquel 27 de julio de 1979, nació Maximiliano.
Al rato, Pablo salió a explorar la zona. Parecía todo despejado. Si se apuraban, podrían llegar a la frontera en una hora y sin ser descubiertos por los militares. Paula estaba muy débil. El parto había sido traumático para ella y se encontraba completamente drenada de energía. Pero era un riesgo que debían tomar. No les quedaba más tiempo. El reloj marcaba las 4:09 y se podía escuchar el silencio en la noche. Era la hora de partir.
Hasta que de pronto llegaron dos autos. Los habían encontrado. Un oficial bajó y gritó: “¡Entreguen al nene ya mismo!”. Entonces, Pablo tomó la drástica decisión de salir a confrontarlos y darle tiempo al resto para que escapen por detrás. Al abrir la puerta, para su sorpresa ya habían desaparecido. Ahí fue cuando se dio cuenta que era demasiado tarde. Allí, a los pies del Aconcagua, se aproximaba una avalancha.
III
Estaba muy cansado. Aquella jornada había sido agotadora y al día siguiente debía levantarme temprano para ir al colegio. Hice lo mismo de siempre: guardé mis juguetes, me lavé los dientes, saludé a mis padres y me metí en mi cama.
Cuando ya estaba a punto de entregarme a la infinidad de mi mente, cometí el grave error de mirar con los ojos entreabiertos hacia mi ventana. Allí había una sombra que, apenas la visualicé, desapareció. Un frío penetrante por mi cuerpo me inhibió. “¿Qué hago ahora?”, era la pregunta que retumbaba en mi cabeza.
Al final, decidí ir a la ventana para comprobar si esa cosa existe o no. Pero esa fue la peor decisión que podría haber tomado. Porque allí estaba mi mayor miedo. Era un vampiro que me miraba desde la calle.
“Esto no puede ser real. Los vampiros no existen”, me repetía internamente convencido de que todo era parte de una simple pesadilla. Por eso procedí a acostarme, cerrar los ojos y hacer de cuenta que no pasaba nada. “Total, todo esto es un sueño. ¿No?”.
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